9 de julio de 2008

La cena

El tipo se sentía incómodo. Aunque la conversación había sido amable y hasta simpática, todo parecía haberse aliado en su contra y eso lo tenía muy preocupado.

Todo comenzó en la mañana, cuando fue a la tintorería a buscar el traje que había dispuesto para su salida de esa noche. La mujer que atendía el lugar andaba con cara de pocos amigos, y él tan de buen humor, no permitiría que le arruinaran su día que, esperaba, culminaría con esta cita tan esperada, con quien le había quitado el aliento durante todo este tiempo, con los ojos que le robaron el corazón apenas entraron por la puerta de la oficina. Se había tenido que armar de valor para pedirle que salieran juntos esa noche, a lo que recibió como respuesta una sonrisa abierta y franca de esas que muestran todos los dientes y un sí, que con mucho gusto se encontrarían en el lugar convenido.

Salió de la tintorería riéndose consigo mismo por el mal humor de la dependienta. Había logrado sortearlo como el mejor de los toreros esquiva a los toros, aunque eso requiere por lo general de una energía adicional que no tendrías que gastar si los empleados lo recibieran a uno con un "buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?" y una rostro amable. Había sido todo menos eso, pero de nuevo, no estaba dispuesto a que una pequeña nube le arruinara el panorama.

Decidió ir a arreglarse el cabello: Tuvo que esperar una eternidad para que lo atendieran. No es bueno ir a la barbería los sábados a mediodía, porque todos esperamos ese momento para arreglarnos. Tomó una revista Hola de esas que toda barbería italiana tiene en sus mesas y se dedicó a enterarse sobre los últimos chismes de hace dos años sobre los noviazgos de Penélope Cruz, el viaje de veraneo de la princesa de Dinamarca y el bautizo de la hija del cuñado de Isabel Pantoja, a la que la cantante había ido en un "hermoso traje color rojo oscuro y un sombrero enorme pero muy elegante" diseñado por quién sabe quien. A la hora de sentarse a la silla del barbero, el hombre con toda destreza tomó sus tijeras y se dedicó durante media hora a trasquilar por aquí y por allá, hasta dejarlo prácticamente sin rastros de lo que, originalmente, había sido su cabellera. De nuevo pensó que lo mejor sería no molestarse, que de pronto con un poco de gel fijador se arreglaba el desastre, pagó esta vez sin sonreir al cajero y se fue a su casa.

Cerca ya de la hora, comenzó a arreglar el atuendo que se pondría para salir: camisa sin corbata, el traje aun envuelto en el plástico de la tintorería, limpió los zapatos pero no los lustró porque no encontraba el betún, medias, correa, ropa interior. Recordó que se le había acabado su colonia favorita, así que no le quedaría más remedio que usar colonia de bebé, que era lo que había en su gabinete de baño. Se preparó para ducharse y se encontró con que, por alguna razón, no había agua caliente, por lo que tuvo que conformarse con un baño de agua helada. Pensó que de pronto así su cuerpo reaccionaría mejor, se despertarían los músculos y nervios, pero al final resultó una experiencia muy desagradable. Además, tendría que afeitarse con agua fría, cosa que le preocupaba.

Recordó que no tenía espuma de afeitar: se le había acabado el día anterior, así que tomó el jabón más delicado que encontró y se frotó las mejillas y el cuello con él. Abrió el grifo del lavamanos, tomó la afeitadora y procedió a eliminar el exceso de vello facial. El resultado: tres cortadas evidentes a las que tuvo que aplicar trozos de papel higiénico para detener la hemorragia. Pasó 10 minutos intentando no gritar luego de echarse un poco de loción en el rostro, lo que le generó una irritación que no podría disimular.

Salió del baño y se dispuso a vestirse. Sacó el traje de su envoltorio plástico. Fue entonces cuando se dio cuenta del error: el traje no era el suyo, y el que le habían dado era dos tallas más grande. Era muy tarde para ir a la tintorería, no solo porque no tendría tiempo para cambiar el traje, sino porque ya la tienda estaría cerrada, así que optó por buscar en su armario uno de los pantalones que solía usar para ir al trabajo y una chaqueta, que aunque tenía un estilo más deportivo, era la única que le quedaba en condiciones como para salir esa noche.

Resignado, llamó a un taxi. Luego de llamar a tres compañías que le informaron que no tenían unidades disponibles, obtuvo finalmente una respuesta: tendría que esperar 20 minutos. Se sentó en la sala y encendió la televisión mientras esperaba su transporte. Estuvo paseando por los canales de cable de arriba a abajo por un buen rato, cuando algo lo hizo levantarse hacia la ventana. El cielo lucía encapotado y todo hacía indicar que se desataría un temporal, relámpagos incluídos. Cuando el taxi se estacionó en la puerta del edificio, cualquiera habría podido asegurar que esta era una nueva versión del diluvio universal.

Llegó al restaurant literalmente empapado. Entró y le asignaron una mesa para dos que tenía reservada en el lugar más íntimo de local, pidió solo agua y esperó pacientemente. Pensó en ir al baño para acomodarse un poco, pero no le gustó la idea de que su cita llegara y no lo encontrara en la mesa. Ya se hacía un poco tarde. Pensó que sería el aguacero el causante del retraso, así que intentó calmarse. Muchas cosas habían salido mal esa noche, para que finalmente la cita terminara con él tomando vino y comiendo solo. Luego de unos minutos que parecieron horas, llegó. Sonrieron, conversaron de lo más y de lo menos. Juraba que se había dado cuenta de todo: de su atuendo un poco fuera de lugar, de su mal corte de cabello, de sus rasguños en la cara y hasta de sus zapatos inundados aunque estuvieran escondidos bajo la mesa. La velada pasó, la comida había estado a la altura y el vino aun mejor. Durante la conversación se dijeron un par de cosas agradables e incluso le pareció detectar un guiño que le dio alguna esperanza, pero no quería hacerse ilusiones, aquello sería demasiado bueno para ser verdad.

Terminaron el postre y sus nervios eran cada vez mayores. Se habían hecho algunos silencios incómodos, sabían que era el momento de terminar, de cerrar. Y el cierre es lo más importante, lo que te permite saber si hay o no hay mañana. No era capaz de sostenerle la mirada.

Fue en ese momento, cuando miraba al salón buscando a un mesonero para pedir la cuenta, cuando sintió que lo tomaban de la mano. Sintió que palidecía. Miró al frente y vio como todo el rostro del hombre que tenía al frente se iluminaba con una sonrisa.

- Gracias por la cena. Estuvo estupenda.

- Gracias a ti por la compañía.

- Solo te voy a pedir un favor...

- Dime, lo que quieras...

- Que esta no sea la última vez que nos veamos.

Entoces, vio como el hombre que tenía al frente se levantó y tomó su rostro con las manos, se acercó y le dio rozó sus labios con los suyos.
- ¿Qué te echaste? ¿Colonia de bebé?... ¡Tan bello!
Sintió como los colores inundaban su rostro.
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La foto es de Thomas Hawk.

3 comentarios:

Martha Beatriz dijo...

Volviste con todos los hierros :)
Un beso!

Naky Soto dijo...

¡Qué bello!
La gente podrá decir lo que quiera pero no hay género que me emocione más (sobretodo en guiones cinematográficos) como el romántico. ¡Me encantan las historias de amor, máxime con un nivel de suspenso (y agonía) como esta!
¡Bravo, bravísimo!

¡Otra! ¡otra! ¡otra!

Un abrazo apasionado,

América Ratto-Ciarlo dijo...

Que bien está este cuento..! Especialmente por su final sorpresivo.
Si deseas leer alguno de los mios, por favor entra en: http://www.rattcia.blogspot.com

siempre es positivo intercambiar opiniones, vale?

saludos