27 de noviembre de 2006

Adiós


El carro no era el lugar más cómodo para estos menesteres, pero no le quedaba otra opción. La dejaría en su casa, con el desgaste que genera haberle dicho que nunca más, que esa noche sería la última. No hay amor, y cuando no hay amor lo demás es tan solo una pantomima.
Ella venía callada. El silencio era incómodo, casi intolerable. Ya se habían dicho todo lo que tenían que decirse. Solo faltaba el adiós, y para eso estaban a dos cuadras de distancia. Ya las lágrimas se habían agotado, tenía los ojos hinchados y el alma reseca. ¿Habrá valido la pena tanto tiempo?
Llegaron a la puerta de su casa. No tenían fuerzas para verse. Ella no sabía si luchar, estaba tentada a abrir la puerta y bajarse corriendo de esa pesadilla. Pero algo la amarraba a la silla de ese auto donde pasaron tantas cosas. Algo le decía que ese no era el final, pero las circunstancias le aseguraban lo contrario.
Frente al volante, él no quería abrir la boca ni una vez más, sabía que sus palabras habían causado mucho daño y no pretendía seguir haciéndolo. Sentía que el aire no llegaba a sus pulmones, que su corazón no latía, su cerebro no hacía sinapsis. Solo quería que todo esto terminara.
De pronto, sin saber cómo, ambos se miraron a los ojos.
- ¿Por qué me haces esto?
- Tengo que hacerlo.
- ¿Por qué, coño?
No hubo adiós. Ella se bajó del auto y no miró atrás.

Sentía que era un cobarde. Que no podía con tanto, que no tenía tanta fuerza. Se vio en el espejo retrovisor, y no reconocía lo que la imagen decía de si mismo.
- Para ser marico hay que ser hombre, y tú no lo eres. No tienes las bolas. ¿Sabes qué es lo que eres? Un guevón. Un rolitranco de guevón, y un cagón. Eso es lo que eres. A ver si algún día sacas valor de donde no tienes y te conviertes en un hombrecito de verdad.

Poco después, en la barra de un bar, hundido en alcohol, la lengua de un hombre hurgaba entre sus dientes, manos velludas apretaban su pecho y su entrepierna y él se dejaba hacer, mientras su mente pensaba en las bolas que no tenía y que no sabía si llegaría a tener.

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La obra se llama "In the garden" de la artista norteamericana Meridy Volz

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Desavencias del amor. Amores que se separan. Angustia vital y desasosiego en el último párrafo. Muy bien narrado, como todo lo que escribes.
¿Te lo sugerió el cuadro o bien la tenías pensada y el cuadro fue un bello acompañamiento?

Saludos.

Anónimo dijo...
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Pablo dijo...

...Y pensar que se de muchos carajos que han pasado, pasan y pasaran por lo mismo, y todo por carecer de cojones.

Felicitaciones por haber colocado el tema, secreto a voces que llaman...

Saldivia dijo...

Pana! gracias a tu relato descubrí lo que pasó despues de que el tipo de la canción "prometimos no llorar" de Palito Ortega dejó a la jeva llorosa y con su café frío.

De pana (y en serio) un relato de máxima factura, con algo de Horacio Quiroga; mejor que la mayor parte de los escritos sobre el tema del desencuentro que me he tropezado. ¿Estás armando ya tu antología?

Jogreg dijo...

Goathemala: El cuadro vino después... Gracias por tus palabras.

Pablo: Para mi, el tema del coraje, la seguridad en uno mismo, el deseo de ser quien de verdad eres, es un componente importante del asunto homosexual...

Jose Gregorio: ¡Horacio Quiroga! Me dejaste frío con eso, porque siempre adoré los relatos de Quiroga y que por momentos lo hayas recordado es como mucho...

Gracias otra vez, de verdad me emociona contar con lectores como ustedes.