29 de julio de 2011

OCHO, el hijo de Tungo y Kika







28 de julio de 2011

¡La pasta, la pasta!









Erman Villegas, nuestro amigo el chef, estuvo preparando pastas y salsas... como para que se les haga agua la boca...

5 de julio de 2011

200 años de pava


Son pocos. De hecho, casi nada, considerando que otras naciones cargan encima historias de miles de años. Claro, tampoco fue que aparecimos en el planeta hace dos siglos, pero en estos días los venezolanos nos encontramos celebrando 200 años de haber firmado la independencia. Y luego vinieron las batallas, los próceres y la historia heroica que desde niños se encargan de vendernos como la biblia. Luego de 200 años, uno termina preguntándose qué aprendimos. O qué dejamos de aprender, porque, al final, creo que este ha sido un país con muy mala suerte, o de pava, como decimos los venezolanos.
Nos conquista España. A riesgo de no ser acusado de xenófobo, no emitiré juicio de valor sobre ello. Simplemente, así arrancamos: llegaron a esta tierra habitada por indígenas y se desarrolló una relación bastante cruenta. Tiempo después, un grupo de venezolanos encontró política y económicamente conveniente separarnos de la madre patria. Eso nos llevó a un período de luchas de las que surgieron nuestros próceres. Es mi opinión que, circunscritos a estos doscientos años, aquí es donde comienza la pava. Nuestros héroes no resultaron ser otra cosa que caudillos militares, ávidos de poder, de tierras, de esclavos, que nos llevaron incluso a una guerra federal que diezmó a buena parte de la población.
Sin embargo, la historiografía oficial se encargó de decirnos que esos militares habían logrado lo impensable: la independencia de América Latina. Y por ello, debían ser venerados como dioses griegos –leído así mismo en un mensaje de redes sociales-. Bolívar, Miranda, Sucre… todos debían ser colocados en los altares criollos. Y sus herederos, los miembros del glorioso ejército venezolano, igualmente honrados como los únicos capaces de mantener y proteger la libertad que estos grandes hombres nos habían regalado. Y por ende, los únicos con la capacidad para gobernar a esta tierra de gracia.
No conformes con ello, aparece a inicios del siglo pasado el excremento del diablo. El petróleo se convirtió en el bien más preciado por propios y extraños. Todo empezó a girar en torno a él y a los recursos que su explotación nos proveía. Podíamos vivir del petróleo, o al menos eso fue lo que nos dijeron. Nos organizamos para acercarnos a sus bondades, sin pensar demasiado en los métodos, más o menos correctos, porque en realidad tampoco había quien le pusiera el cascabel al gato.
Y entonces, decidimos que no queríamos ser gobernados por un militar. Militares a sus cuarteles, era la consigna. Los civiles tomaron las riendas, el mundo avanzaba a pasos agigantados –la revolución tecnológica corría paralela a la explotación energética de la cual Venezuela era protagonista de excepción-. De nuevo, las apetencias políticas nos cegaron y el poder económico era más tentador. En 40 años, los resultados de la gestión civil se revelaron un desastre. ¿La Solución? Otro militar al poder. Otro heredero de la patria grande, otro hijo de Bolívar, otro Cristo resucitado. Otro caudillo que cree en el centralismo, en la prevalencia del uniforme, de la subordinación y de los grandes desfiles que buscan demostrar que él, y solo él tiene el control de nuestro destino. Cierto es lo que dicen: Se puede disfrutar de las mieles de la sabiduría sin ser un erudito: nuestro caudillo es fiel reflejo de ello. Y mientras tanto, Venezuela celebra 200 años de pava, que prometen ser más.

14 de junio de 2011

El consenso os hará libres


El comandante está en Cuba. Por razones que no vienen al caso, Herr Chávez tuvo que permanecer en la isla de la felicidad por un tiempo que él mismo calificó de “indefinido”. A pesar de las pataletas y los grititos ahogados de quienes dicen representar a la oposición, que reclamaban, dada la situación, que el país se encuentra en lo que llamaron un “vacío de poder”, la facción roja del hemiciclo la volvió a hacer: ratificó que el líder máximo tiene derecho a quedarse en Cuba el tiempo que requiera su recuperación de la intervención quirúrgica a la que fue sometido. Post-facto, su grupo de soldados, rodilla en tierra, protege la majestad del magnánimo caudillo, jurando incluso “defender con la vida misma” el mandato de su serenísima.

Es decir que, en la práctica, las elecciones de diciembre pasado no sirvieron para un carrizo.

Por insólito que parezca, y a pesar de que se supone que el rol de la Asamblea Nacional es generar el espacio propicio para el debate y el logro de consensos, la realidad es que seguimos viviendo bajo la égida de la imposición de la voluntad de quien se ha convertido en mandante –que no co-mandante y mucho menos mandatario nacional. Gracias a la paupérrima mayoría alcanzada con su minoría de votos, la presencia roja es apabullantemente más poderosa que los sesentipico de diputados que hoy en día dicen representar a la otra mitad de los que votaron en las últimas elecciones.

Y de diálogo, nada. A los venezolanos hace un buen rato se nos olvidó lo que significa esa palabra. En tiempos de polarización, cualquier tema se politiza de modo tal que el juego siempre sumará cero: mientras uno gana, el otro pierde –y deberá ser humillado en el proceso. Porque no se trata solo del acto mismo de hablar y escuchar, sino de lo que implica para una sociedad el logro de los consensos requeridos para la convivencia.

Ya lo decían los republicanos: cualquier interferencia será legítima en tanto discutida y acordada. Cualquier otra decisión que afecte la forma de vida de los ciudadanos no será otra cosa que una imposición, y por ende, viola lo que se supone sería el valor más sagrado del hombre: su libertad. Pero claro, estamos hablando de peras y, no nos quede dudas, el líder es cualquier cosa menos pera (supondrá el lector que se parecerá más a la muy gringa manzana, por lo roja, al menos en lo que a discurso se refiere).

Sin diálogo y sin consensos, seguimos en las mismas desde la fatídica decisión de abandonar los espacios parlamentarios: soportando calladamente las consecuencias de tener una asamblea de mentira, un Estado que habla de independencia de poderes mientras se carcajea por nuestra ingenuidad porque solo lo hace para mantener las apariencias de un régimen que se dice democrático cuando, ni siquiera en las instituciones deliberativas por excelencia, se cumple con el mandato constitucional de, justa y argumentadamente, deliberar.

3 de junio de 2011

Aborigen

La razón por la que publico esta foto, parte de la sesión que puedes ver en el blog de Richard, es una: La idea del aborigen con la cabeza forrada en matas es mía. Y creo que quedó muy fina y ando muy contento por ello.
Espero que a ustedes también les guste.