28 de abril de 2008

Una buena noticia...

Certamen de Teatro Minimo Rafael Guerrero 2008 (Textos Teatrales)
FALLO DEL X CERTAMEN DE TEATRO MÍNIMO 'RAFAEL GUERRERO'

El Diario de Cádiz ha difundido el fallo del X Certamen de Teatro Mínimo 'Rafael Guerrero' que organiza la asociación cultural Taetro de Chiclana. Las cinco obras premiadas han sido:

- Liliana Mercedes Murúa (Argentina) ha sido premiada con 'Oración de las salamandras'

- Gelverr de Currea (Colombia), por 'Mary One'

- Liliana Cappagli (Argentina) por 'Safiya'

- Daniel Dionisio Dimeco (Madrid) con 'El ángel azul'

- Juan Manuel Cabañas Santos (Sevilla), por 'El camino'.

Además, el jurado ha decidido conceder los siguientes accésit:

- Liliana Cappagli (Argentina) por 'Gitana'

- Briquette Rodríguez (Venezuela) por 'El cofre'

- Juan Carlos Pérez López (Sevilla) por 'Los niños de la selva'

- Joaquín Muriano Ayan (Chiclana) por 'Donde mueren sus elefantes'.

También han recibido una distinción el argentino Antonio César Libonati por su obra 'El hombre bajo', la colombiana Martha Isabel Márquez Quintero por 'A mi medida' y el venezolano Jogreg Henríquez Aellos por 'Una calle peligrosa'.
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"Una calle peligrosa" fue mi primer acercamiento a la dramaturgia. Un amigo, director de teatro, me preguntó si quería escribir algo corto sobre el desamor, y salió esta historia. Me enteré de este concurso y la mandé, por aquello de que uno nunca sabe... y ahí está, distinguida. Cosa que me pone muy contento.
La foto de este post la tomé de este blog.
Besos y abrazos a quien corresponda.

1 de abril de 2008

Pelea

- ¡Coño!
- ¿Qué pasó?
- Esta vaina...
- Pero bueno, chico, no lo tomes así.
- Es que tú sabes cómo me arrecha...
- ¡Claro que sé!
- ¿Y entonces, si sabes, para qué preguntas?
- ¿No quieres que pregunte?
- ¡Ah, entonces quieres que me arreche!
- Bueno, eso no es difícil lograrlo.
- ¿Tú disfrutas esto? ¡Claro, eso es! Es que tu te gozas con esto...
- Tanto como disfrutarlo, no, no me alegra... pero me excita.
- ¿Te volviste loca?
- Y no tengo ni idea de la razón. Me provoca saltarte encima y hacerte rugir.
- Tú eres una vaina seria.
- Por eso me amas.
- Me sacas de quicio. No puedo creer que durante todo este tiempo hayas provocado mi ira por puro gusto.
- Es que no sé, hay algo en tu cara, en tu tono de voz, en tus movimientos, cuando estas molesto... no sé.
- ¿En mi cara?
- Si, las cejas hacen un arco... se te marca la comisura de los labios...
- ¿Y ahora qué se supone que debo hacer yo con esta confesión?
- ¿Quieres un trago?

Él la miró extrañado. Ahora era ese rostro, los ojos de su mujer, los que tenían algo de irreconocible, un brillo que nunca había notado -pero que de seguro siempre estuvo allí-. Se tomaron el trago, y luego otro y otro más. Esa noche hicieron el amor como salvajes, como fue la primera vez que se encontraron, pero con una intensidad inexplorada por ambos.
Los vecinos llamaron a la policía. Al llegar, tuvieron que tumbar la puerta para ser testigos de los restos de dos amantes que, la noche anterior, habían tenido su última pelea.
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La foto la encontré en un lugar llamado Necropoliz, y aunque estuve buscando el nombre del autor, no lo encontré.

18 de marzo de 2008

Encierro

- ¿Cómo te fue?
- Bien.
- ¿El trabajo?
- Normal.
- ¿Nada nuevo?
- No.
- ¿Quieres comer?
- Más tarde.
Encendí la televisión.
- ¿Qué están dando?
- No lo sé.
- ¿Quieres tomar un baño para que comamos algo?
- Puede ser. Más tarde.
- Compré unas sales nuevas para el baño y un gel de aromaterapia que sirve para relajarse. Si quieres te doy un masaje mientras te bañas con agua tibia.
- Ahora voy.
Miraba la televisión, cambiaba los canales automáticamente, sin fijar mi atención en ninguno de ellos. No sé cuanto tiempo pasó. No sé si me quedé dormido en el sofá. Sonó el teléfono varias veces. Salí de mi hipnosis y tomé la bocina. La misma voz que me acompañaba todos los días ahora me hablaba desde el otro extremo de la línea telefónica.
- Ni siquiera te diste cuenta, ¿verdad?
Solo en ese momento sentí la soledad de la casa.
- Espero que te vaya bien. En estos días voy a recoger mis cosas. Adiós.
Se cortó la comunicación. Me tiré en el sofá y no me moví más.

15 de marzo de 2008

Arena


Quien sabe cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo vio partir. Había tomado su hatillo con las pocas prendas que tenía, su biblia y la pequeña cruz de palo que le regaló su madre cuando hizo la primera comunión, se lo terció al hombro con un mecatillo y tomó la herrumbrosa y destartalada guagua que una vez a la semana comunicaba a aquel caserío con la vida, con otra vida. Le había dicho que allí no había futuro, que tendrían que olvidarse mutuamente: el pueblo de él y él del pueblo que lo vio correr por sus calles que hoy no eran más que arena, salitre y un viento cálido y cortante que quemaba la piel.

Así, él y su pueblo se borraron mutuamente de sus memorias.

Pero ella no. Ella todavía lo espera. Ella no lo olvida.

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La foto es propia, y fue hecha en la playa de la población de Quisiro, Edo. Zulia, al norte del Golfo de Venezuela cerca del Edo. Falcón.

20 de febrero de 2008

Desnudo

Abrió la gaveta de su escritorio y sacó los binoculares. Recordó el día que los compró: fue todo un descubrimiento abrir la ventana y ver en una balcón, en el edificio vecino, a aquel hombre que se deshacía de sus ropas casi con desfachatez. No era un hombre excesivamente bien formado, pero se notaba que sus músculos habían sido ejercitados alguna vez, quedando en el cuerpo las marcas evidentes del esfuerzo. Su piel clara estaba cubierta de un pelaje oscuro bien distribuido en su pecho, abdomen, piernas y brazos. Con el uso de candado en la barbilla y de gafas de lectura, se convertía en una especie de dios griego que desde el primer día le causó una erección consistente.
No pudo hacer otra cosa que comprarse los binoculares, que noche a noche le permitieron hurgar cada parte desprovista de tela del cuerpo del hombre que lo puso a soñar con las posibilidades de conocerlo. Su objeto de adoración recorría desnudo de punta a punta su cuarto mientras se preparaba para tomar una ducha relajante luego de un duro día de trabajo. Podía pasar varios minutos así, con las nalgas al aire, mientras recogía su ropa y la colocaba cuidadosamente en el cesto, sacaba la toalla del closet, buscaba sus pantuflas debajo de la cama donde religiosamente las guardaba para dormir. Incluso, recordó aquella noche en la que decidió quedarse desnudo frente al televisor viendo quien sabe qué cosa que llamó su atención, acariciando su cuerpo y masajeando su cuello, y como quien no quiere la cosa, sobando sus partes que parecían crecer un poco ante el roce de sus dedos -nunca estuvo muy seguro de que eso fuese realmente así: atribuyó tales momentos de gloria a su imaginación, a sus ganas de ver aquel trozo de carne creciendo en las manos de su dueño.
Con los binoculares en una mano y un trago de ron en la otra, colocó la silla en la ventana que servía de palco ideal para su espectáculo nocturno. Esperó unos minutos: su protagonista no había llegado a casa.
Media hora más tarde, se abrió la puerta del cuarto. Comenzó el show.

Luego de leer un rato en la cama, decidió apagar la luz de la mesa de noche. No recordaba qué había leído, solo podía estar pendiente del hombre que lo veía desde el otro lado de la calle. Dejaba las ventanas y las cortinas abiertas de par en par a propósito: sabía que era el objeto de placer de aquel hombre que, noche a noche, lo miraba con descaro. Apenas se hizo la oscuridad, abrió la gaveta de la mesa de noche y sacó sus binoculares. Se acercó a la ventana y vio como su admirador, lamentando que su espectáculo hubiese terminado, se decidía a quitarse la ropa para ducharse y deshacerse deel calor que se apoderó de su cuerpo.
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La obra se llama "Desnudo", de Marc Chagall