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22 de septiembre de 2008

El amor no existe (II)

Fue un post que no escribí yo, que escribió Paola, una gran amiga, y que todo el tiempo está recibiendo visitas o respuestas. Es un tema doloroso, duro. Creo que tiene que ver con las decepciones, más que con el amor mismo. Y creo que está relacionado con la idea del amor "eterno", no del amor en sí mismo: tenemos grabado en nuestro subconsciente que se ama para siempre, y creo que si revisamos bien esa premisa, nos daremos cuenta de que algo anda mal.

Creo que se puede amar para siempre, pero creo también que para lograrlo hay que alimentar ese amor permanentemente. Y eso no lo sabe hacer todo el mundo, ni viene incorporado en el sentimiento de una vez. Es decir, el hecho de amar no nos enseña a amar para siempre, o al menos no en el estricto sentido de demostrarlo permanentemente.
Una cosa es entonces, amar. Otra, demostrar amor. Se puede amar y no ser capaz de demostrarlo. Por eso hay tanta gente que dice amarse, amarse de verdad y para siempre, pero que no pueden estar juntos. Y se puede estar juntos el resto de los días y no amarse, o no demostrar amor.
Lo que sí creo es que el amor existe solo para quien cree en él.
Quiero dejar algunos de los comentarios del post anterior en este, porque de verdad creo que la discusión sigue dando para mucho...
Anónimo dijo...
El amor no existe, ... a veces, la idea que nos hacemos de lo que es el amor, es lo que nos confunde.
iris dijo...
Tristemente tiene razón, el amor no existe y es solo una teoría imposible de practicar. Uno cree sentir amor, pero ¿es que acaso el amor, siendo supuestamente tan sutil, puede convertirse en tanto dolor?
Anónimo dijo...
... un "amor de pareja" que por ley de la naturaleza esta destinado a perecer pronto ya que la atracción sexual y el deseo sexual componentes indispensables para que se produzca el enamoramiento, - dicho sea de paso que enamoramiento y amor no son sinónimos -, fueron hechos con el único y válido objetivo de facilitar la tarea de reproducir y por ende perpetuar la especie humana.
Anónimo dijo...
No sé por qué se hacen tantos problemas. El amor es cultural y debe crearse, pretender que eso sea natural y dure para siempre es lo absurdo.
Anónimo dijo...
.... el amor sentimiendo egoista, masoquista y estupido .... que toda persona siente cuando cree en la esencia mentirosa del hombre....te aleja de la realidad... llevandote a un laberinto de sensaciones perdiendo tu horizonte....
Anónimo dijo...
Pues sip, perdon por los que se sienten enamorados, espérense 1 o 2 años a ver si siguen sintiendo lo mismo.
Anónimo dijo...
Saben creo que todos quienes sufrimos nos aferramos a decir que el amor no existe porque negarlo es más fácil que aceptarlo...
Anónimo dijo...
Pues si lo pensamos muy detenidamente el amor (de pareja) es un acto visceral, poco inteligente y que te vuelve un poco idiota, y lo que es peor al poco tiempo terminas desencantandote cuando has exprimido emocional, fisica, y economicamente a tu media naranja...
Claudio dijo...
Yo creo que el amor existe, pero tambien creo que en la mayoria de las parejas uno es q el que ama y el otro se deja amar...
Anónimo dijo...
El amor,como el dolor no existe.Es pura quimica cerebral,estar enamorado es como estar enganchad@ a la cocaina,es "esa otra persona" la ke hace ke nuestro cerebro libere sustancias y nos kedemos tan agilipollad@s.
Anónimo dijo...
El amor no existe, en realidad lo que existe es el deseo de ser amado... que básicamente consiste manipular a las personas de manera que te acepten, por medio de esa aceptación recibes información sicológica sobre los aspectos que te sirven para la supervivencia... en otras palabras: el amor (ya sea de pareja, amistad, etc) es el mecanismo que utilizamos para producir entramados sociales que nos ayuden a nuestra supervivencia...

1 de abril de 2008

Pelea

- ¡Coño!
- ¿Qué pasó?
- Esta vaina...
- Pero bueno, chico, no lo tomes así.
- Es que tú sabes cómo me arrecha...
- ¡Claro que sé!
- ¿Y entonces, si sabes, para qué preguntas?
- ¿No quieres que pregunte?
- ¡Ah, entonces quieres que me arreche!
- Bueno, eso no es difícil lograrlo.
- ¿Tú disfrutas esto? ¡Claro, eso es! Es que tu te gozas con esto...
- Tanto como disfrutarlo, no, no me alegra... pero me excita.
- ¿Te volviste loca?
- Y no tengo ni idea de la razón. Me provoca saltarte encima y hacerte rugir.
- Tú eres una vaina seria.
- Por eso me amas.
- Me sacas de quicio. No puedo creer que durante todo este tiempo hayas provocado mi ira por puro gusto.
- Es que no sé, hay algo en tu cara, en tu tono de voz, en tus movimientos, cuando estas molesto... no sé.
- ¿En mi cara?
- Si, las cejas hacen un arco... se te marca la comisura de los labios...
- ¿Y ahora qué se supone que debo hacer yo con esta confesión?
- ¿Quieres un trago?

Él la miró extrañado. Ahora era ese rostro, los ojos de su mujer, los que tenían algo de irreconocible, un brillo que nunca había notado -pero que de seguro siempre estuvo allí-. Se tomaron el trago, y luego otro y otro más. Esa noche hicieron el amor como salvajes, como fue la primera vez que se encontraron, pero con una intensidad inexplorada por ambos.
Los vecinos llamaron a la policía. Al llegar, tuvieron que tumbar la puerta para ser testigos de los restos de dos amantes que, la noche anterior, habían tenido su última pelea.
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La foto la encontré en un lugar llamado Necropoliz, y aunque estuve buscando el nombre del autor, no lo encontré.

14 de febrero de 2008

La línea del amor

Preparó todos los detalles con sumo cuidado. Quería que la noche fuera especial. No es que considerara que el día de San Valentín tuviera realmente alguna importancia, nunca se la dio, pero esta vez quería aprovechar tanta utilería, tanto lazo, tanto peluche, para compartir una velada maravillosa con su mujer.
Reservó con tiempo de antelación en uno de sus restaurantes favoritos. Allí, los estaba esperando un ramo de hermosas flores con un toque salvaje -las rosas no eran lo de ella, le parecían demasiado cursis-. Comieron poco pero delicioso, tomaron algo de vino tinto francés de una muy buena cosecha, recomendado por el dueño del local. Conversaron de lo mucho y de lo poco, estaban felices de que ya sus hijos fueran grandes e independientes, que sus respectivas carreras estuviesen transitando por años de éxito y de satisfacción.
Iban tomados de la mano mientras él manejaba camino a casa. Estaban en esa etapa de la vida en la que no era necesario decir nada, los silencios estaban tan cargados de significado como cualquier discurso. La sola presencia de ella a su lado era suficiente.
Cuando abrió la puerta de la casa, un hombre los esperaba con una botella de champaña bien dispuesta en una hielera y tres copas en una bandeja de plata. Los tres se miraron, ella con sorpresa, ellos con complicidad.

Varios orgasmos después, ella se fumaba un cigarro sentada en la cama. Veía aquellos dos cuerpos desnudos en su cama y se preguntaba como fue que descubrió que el amor y el sexo no son necesariamente lo mismo. Fue un descubrimiento que hicieron en conjunto, ella y su marido, el hombre que amaba. Una opción que rompió el paradigma del placer y lo llevó a nuevos terrenos, a trazar nuevas fronteras.
Desde ese día, la vida estuvo completa.
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La obra se llama "Placer Vital", de Mercedes Espíndola.

7 de diciembre de 2007

Prueba de amor

- Juancho, ¿estás seguro?
- Segurísimo.
- Mira que después no te puedes arrepentir.
- No me voy a arrepentir, esa es la mujer de mi vida y eso no va a cambiar.
- Es verdad, Mariana es un mujerón, pero esto…
- Esto es un compromiso, Ernesto, es una forma de mostrarle mi intención de estar con ella para siempre. ¿Me vas a acompañar o no?
- Compadre, usted sabe que yo lo acompaño hasta donde tenga que acompañarlo porque para eso son los amigos. Yo solamente quería que lo pensaras mejor…
- ¿Pensarlo mejor? Coño, Ernesto, en serio… ¿alguna vez me habías visto tan feliz en la vida?
Ernesto se dio un momento para pensar. Conocía a Juancho desde hacía mucho rato, unos 15 años, cuando eran unos muchachos patineteros que les gustaba escuchar música en la calle y fumarse un porrito escondidos en el parquecito que quedaba en la esquina de la urbanización. Se conocieron todas las novias, se apoyaron en cada ruptura, se burlaron de cada cacho recibido y se alcahuetearon cada canita al aire que fuera posible echar. Sus cumpleaños eran una rumba donde el otro no podía faltar. En las buenas y en las malas, Ernesto y Juancho habían contado siempre el uno con el otro. Y ciertamente, desde que está con Mariana, Juan Carlos es un tipo feliz. Le cambió la cara, aumentó unos kilos, vivía pendiente de verse bien y de sentirse bien, todo para complacer a Mariana.
Y Mariana… ella no se quedaba atrás. Cuando Juancho decía que Mariana era un mujerón, no le faltaba razón. Y no era un asunto solo de físico –vamos, que aunque todos sabemos que la belleza es un asunto subjetivo, en este caso cualquier mortal habría dicho que Mariana está buenísima-. Mariana es lo que llaman “una mujer para casarse”: profesional, inteligente, trabajadora, responsable, simpática, alegre, ordenada…
- Es que Mariana es…
- ¡Un mujerón, compadre, un mujerón! Y nadie puede negar que me saqué la lotería el día que esa mujer decidió mirar para acá, donde estaba este pobre mortal que optaba por el amor de una musa, de una diosa del Olimpo.
- Sí, compadre, te entiendo… Ese debe ser uno de los misterios de la humanidad: ¿Qué fue lo que te vio?
- No lo sé, y tampoco se lo voy a preguntar.
No había manera de convencerlo de lo contrario, no había argumento posible. Ernesto no tenía cómo evitar lo inevitable. Ya estaban en el centro comercial y Juancho caminaba raudo y veloz a su destino.
- Llegamos.
- Sí, llegamos.
En la puerta del local se leía escrito en letras góticas la frase “Dermis Tattoo”. La vitrina estaba repleta de piezas de piercings para ser colocadas en los lugares más inverosímiles del cuerpo humano. Dentro del local, enormes catálogos mostraban diseños de estilos muy diversos de tatuajes para quienes desean dejar en su piel una marca indeleble que por lo general representa una etapa especial de su vida, un amor, un deseo, una esperanza.
Los recibió un hombre robusto, no muy alto, ojos rasgados y pequeños, con el cabello peinado con una cresta naranja en la parte superior y afeitado al rape a los lados. Aunque la mejor manera de describirlo no es sino a través de sus señas particulares: tenía tatuajes visibles en los brazos, en el cuello, en el cuero cabelludo, en las manos, y tantas perforaciones en las cejas, la nariz, los labios, las mejillas, las orejas, que eran imposibles de contar. Y eso era solo en los lugares que quedaban desnudos, a la vista.
- ¿En qué los puedo ayudar?
- Aquí el pana quiere hacerse un tatuaje –dijo Ernesto, aun sorprendido con el aspecto del artista.
- ¿Ya sabes qué te quieres hacer y en dónde?

Juancho había seleccionado un corazón rojo bastante realista, en el que se notaban las venas coronarias. Detrás del corazón salían unas alas angelicales abiertas de par en par, y atravesando el corazón, una banda de tela en el que escribirían con letras góticas negras el nombre del amor de su vida: Mariana. El tatuaje estaría ubicado en el brazo derecho de Juancho, a nivel del hombro, y sería de un tamaño bastante considerable: ocuparía casi todo el ancho del brazo.
Juancho se miraba en un espejo el boceto del tatuaje, la horma que serviría para realizar la obra de arte. Mientras más lo veía, más le gustaba la idea.
- ¿Cuánto tiempo se tarda esto?
- Unas tres horas, pana. Tiene varios colores, es algo grande…
- ¿Y a ti que te parece, Ernesto?
- ¿La verdad? Arrechísimo.
- ¿Qué crees que va a decir Mariana?
- Le va a encantar…
- Bueno, vamos a darle entonces.
El artista empezó a preparar el material completamente esterilizado para hacer el tatuaje. Poco después, empezó a sonar la máquina que indicaba que la pequeña aguja teñida de negro comenzaba a darle forma al diseño aplicado sobre la piel de Juancho, que se mantenía incólume ante los pinchazos. Ernesto estaba seguro de que Juancho se estaba aguantando: siempre fue un miedoso para el dolor. Pero en esta oportunidad, tenía que hacerse el valiente, porque el esfuerzo valía la pena.
Un par de horas después, aburrido de verle la cara impávida a Juancho, Ernesto decidió salir a fumarse un cigarro y a comprarse un café. Todavía faltaba escribir el nombre de la susodicha, y eso se llevaría una hora más. Salió del local y encontró una pequeña cafetería, con mesas y sillas disponibles en un lugar fresco y aireado, donde podía sentarse a esperar que Juancho saliera del martirio. Se sentó y pidió un capuccino con crema y bastante azucar. Prendió el cigarro y se dedicó a ver a quienes caminaban por el centro comercial.
Fue entonces cuando la vio. Mariana caminaba con su actitud de siempre, espléndida, voluptuosa, alegre. Ernesto pensó en levantarse a saludarla, pero teniendo cuidado de arruinar la sorpresa que Juancho le estaba preparando. Mientras pensaba en esto, un hombre se acercó a Mariana con lo que le pareció primero un exceso de confianza. La tomó de la cintura. Se reían juntos. Le estampó un beso en la boca.

El tatuaje de Juancho quedó realmente muy bueno. Era una verdadera obra de arte, de la cual su mamá se sintió siempre muy orgullosa. El amor de su hijo era infinito, y lo llevaría teñido para siempre en su piel.

14 de agosto de 2007

La familia más bella del mundo





Yo realmente lamento la falta de modestia, pero es que después de ver estas fotos, no me queda más remedio que declarar que mi familia es la más bella del mundo.
Besos y abrazos a quien corresponda.

6 de agosto de 2007

El funeral

Ella lloraba frente a la tumba de su marido, en lo que sería la última morada del hombre con el que compartió los mejores 28 años de su vida. Le había dado tres hijos, una hembra y dos varones que hoy eran su orgullo. Con él había logrado todo lo que alguna vez se había propuesto. Con él fue feliz hasta el último instante, cuando un desgraciado accidente de tránsito le cegó la vida. Se vió rodeada de muchos, de familiares, amigos, que compartían su dolor y la acompañaban, pero aunque fuese injusto, se sentía sola. No podía imaginarse lo que le quedaba de vida sin el hombre que fue su apoyo, su confidente, su amigo, su amor. Tendría que acostumbrarse a dormir en una cama que antes fue cálida gracias a su presencia. Extrañar nunca fue su juego, pero ahora tendrá todo el tiempo del mundo para jugarlo.

Un poco más allá, él lloraba frente a la tumba de su marido, en lo que sería la última morada del hombre con el que compartió los mejores 10 años de su vida. No había podido darle hijos, pero sí le quedaron recuerdos que atesoraría como su bien más preciado. Con él había logrado todo lo que alguna vez se había propuesto. Con él fue feliz hasta el último instante, cuando un desgraciado accidente de tránsito le cegó la vida. Se vió solo, sin familiares ni amigos que compartieran su dolor y lo acompañaran, pero no se sentía solo, porque durante todo este tiempo la vida fue él y todo lo que él significaba. No podía imaginarse lo que le quedaba de vida sin el hombre que fue su apoyo, su confidente, su amigo, su amor. No tendría que acostumbrarse a dormir solo porque era complicado que estuviera presente. Extrañar siempre fue su juego y ahora tendrá todo el tiempo del mundo para jugarlo.

Ella vio a aquel hombre que, a lo lejos, lloraba quedamente. Pensó que lo había visto en algún lugar, pero no sabía identificar de manera precisa dónde. No sabía qué relación tenía con su marido, pero tampoco estaba de ánimos para averiguarlo.
Él vio a la mujer que lloraba desconsolada al lado de la tumba. Sabía quién era y podía contar con exactitud las veces que la vió al lado del hombre que amó. Pensó que sería la última vez que compartirían el mismo espacio, y el mismo marido.
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La obra es de Carlo Carrá, pintor futurista italiano de finales del siglo XIX e inicios del XX, y se llama "El funeral del anarquista Galli" (1911)