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1 de abril de 2008

Pelea

- ¡Coño!
- ¿Qué pasó?
- Esta vaina...
- Pero bueno, chico, no lo tomes así.
- Es que tú sabes cómo me arrecha...
- ¡Claro que sé!
- ¿Y entonces, si sabes, para qué preguntas?
- ¿No quieres que pregunte?
- ¡Ah, entonces quieres que me arreche!
- Bueno, eso no es difícil lograrlo.
- ¿Tú disfrutas esto? ¡Claro, eso es! Es que tu te gozas con esto...
- Tanto como disfrutarlo, no, no me alegra... pero me excita.
- ¿Te volviste loca?
- Y no tengo ni idea de la razón. Me provoca saltarte encima y hacerte rugir.
- Tú eres una vaina seria.
- Por eso me amas.
- Me sacas de quicio. No puedo creer que durante todo este tiempo hayas provocado mi ira por puro gusto.
- Es que no sé, hay algo en tu cara, en tu tono de voz, en tus movimientos, cuando estas molesto... no sé.
- ¿En mi cara?
- Si, las cejas hacen un arco... se te marca la comisura de los labios...
- ¿Y ahora qué se supone que debo hacer yo con esta confesión?
- ¿Quieres un trago?

Él la miró extrañado. Ahora era ese rostro, los ojos de su mujer, los que tenían algo de irreconocible, un brillo que nunca había notado -pero que de seguro siempre estuvo allí-. Se tomaron el trago, y luego otro y otro más. Esa noche hicieron el amor como salvajes, como fue la primera vez que se encontraron, pero con una intensidad inexplorada por ambos.
Los vecinos llamaron a la policía. Al llegar, tuvieron que tumbar la puerta para ser testigos de los restos de dos amantes que, la noche anterior, habían tenido su última pelea.
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La foto la encontré en un lugar llamado Necropoliz, y aunque estuve buscando el nombre del autor, no lo encontré.

18 de marzo de 2008

Encierro

- ¿Cómo te fue?
- Bien.
- ¿El trabajo?
- Normal.
- ¿Nada nuevo?
- No.
- ¿Quieres comer?
- Más tarde.
Encendí la televisión.
- ¿Qué están dando?
- No lo sé.
- ¿Quieres tomar un baño para que comamos algo?
- Puede ser. Más tarde.
- Compré unas sales nuevas para el baño y un gel de aromaterapia que sirve para relajarse. Si quieres te doy un masaje mientras te bañas con agua tibia.
- Ahora voy.
Miraba la televisión, cambiaba los canales automáticamente, sin fijar mi atención en ninguno de ellos. No sé cuanto tiempo pasó. No sé si me quedé dormido en el sofá. Sonó el teléfono varias veces. Salí de mi hipnosis y tomé la bocina. La misma voz que me acompañaba todos los días ahora me hablaba desde el otro extremo de la línea telefónica.
- Ni siquiera te diste cuenta, ¿verdad?
Solo en ese momento sentí la soledad de la casa.
- Espero que te vaya bien. En estos días voy a recoger mis cosas. Adiós.
Se cortó la comunicación. Me tiré en el sofá y no me moví más.

15 de marzo de 2008

Arena


Quien sabe cuánto tiempo había pasado desde la última vez que lo vio partir. Había tomado su hatillo con las pocas prendas que tenía, su biblia y la pequeña cruz de palo que le regaló su madre cuando hizo la primera comunión, se lo terció al hombro con un mecatillo y tomó la herrumbrosa y destartalada guagua que una vez a la semana comunicaba a aquel caserío con la vida, con otra vida. Le había dicho que allí no había futuro, que tendrían que olvidarse mutuamente: el pueblo de él y él del pueblo que lo vio correr por sus calles que hoy no eran más que arena, salitre y un viento cálido y cortante que quemaba la piel.

Así, él y su pueblo se borraron mutuamente de sus memorias.

Pero ella no. Ella todavía lo espera. Ella no lo olvida.

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La foto es propia, y fue hecha en la playa de la población de Quisiro, Edo. Zulia, al norte del Golfo de Venezuela cerca del Edo. Falcón.

20 de febrero de 2008

Desnudo

Abrió la gaveta de su escritorio y sacó los binoculares. Recordó el día que los compró: fue todo un descubrimiento abrir la ventana y ver en una balcón, en el edificio vecino, a aquel hombre que se deshacía de sus ropas casi con desfachatez. No era un hombre excesivamente bien formado, pero se notaba que sus músculos habían sido ejercitados alguna vez, quedando en el cuerpo las marcas evidentes del esfuerzo. Su piel clara estaba cubierta de un pelaje oscuro bien distribuido en su pecho, abdomen, piernas y brazos. Con el uso de candado en la barbilla y de gafas de lectura, se convertía en una especie de dios griego que desde el primer día le causó una erección consistente.
No pudo hacer otra cosa que comprarse los binoculares, que noche a noche le permitieron hurgar cada parte desprovista de tela del cuerpo del hombre que lo puso a soñar con las posibilidades de conocerlo. Su objeto de adoración recorría desnudo de punta a punta su cuarto mientras se preparaba para tomar una ducha relajante luego de un duro día de trabajo. Podía pasar varios minutos así, con las nalgas al aire, mientras recogía su ropa y la colocaba cuidadosamente en el cesto, sacaba la toalla del closet, buscaba sus pantuflas debajo de la cama donde religiosamente las guardaba para dormir. Incluso, recordó aquella noche en la que decidió quedarse desnudo frente al televisor viendo quien sabe qué cosa que llamó su atención, acariciando su cuerpo y masajeando su cuello, y como quien no quiere la cosa, sobando sus partes que parecían crecer un poco ante el roce de sus dedos -nunca estuvo muy seguro de que eso fuese realmente así: atribuyó tales momentos de gloria a su imaginación, a sus ganas de ver aquel trozo de carne creciendo en las manos de su dueño.
Con los binoculares en una mano y un trago de ron en la otra, colocó la silla en la ventana que servía de palco ideal para su espectáculo nocturno. Esperó unos minutos: su protagonista no había llegado a casa.
Media hora más tarde, se abrió la puerta del cuarto. Comenzó el show.

Luego de leer un rato en la cama, decidió apagar la luz de la mesa de noche. No recordaba qué había leído, solo podía estar pendiente del hombre que lo veía desde el otro lado de la calle. Dejaba las ventanas y las cortinas abiertas de par en par a propósito: sabía que era el objeto de placer de aquel hombre que, noche a noche, lo miraba con descaro. Apenas se hizo la oscuridad, abrió la gaveta de la mesa de noche y sacó sus binoculares. Se acercó a la ventana y vio como su admirador, lamentando que su espectáculo hubiese terminado, se decidía a quitarse la ropa para ducharse y deshacerse deel calor que se apoderó de su cuerpo.
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La obra se llama "Desnudo", de Marc Chagall

21 de enero de 2008

La despedida


(Para Pao)

Aquel hombre estaba sentado en un escalón que sobresalía del piso frío del aeropuerto. Las piernas dobladas, los codos apoyados en las rodillas, las manos que ocultan el rostro húmedo. Trataba de aguantar las ganas de sollozar desvergonzadamente en pleno tránsito peatonal, está bien que los aeropuertos sean los lugares más adecuados para ver a alguien llorar, pero tampoco era un asunto de sentirse orgulloso por ello.
Es que el vacío que se siente en el pecho es grande, enorme. Y son muchas las lágrimas que hay que vertir para mitigar el dolor que genera tanto peso. Es extraño: sería quizás el único vacío que pesa, una rareza físico-química digna de estudio, pero que seguramente ningún científico podrá discernir. En las cosas del amor, de los sentimientos, de la vida, la mirada objetiva no tiene lugar.
Lo que sí estaba claro era que había razones de sobra para tomar la decisión de irse. De recoger la vida y meterla en una maleta para rehacerla en otras latitudes. Y cuando los motivos son los motivos, la fuerza de la voluntad es una marejada indetenible. "Lo mejor es lo que pasa", pensó. Y de inmediato se retractó de sus pensamientos: esa no era la mejor manera de interpretar el momento. Esta no era una jugada del destino, del azar: era una decisión consciente.
"Todo va a salir bien". Todo indicaba que no había razones para el fracaso, para la duda. De eso estaba seguro, y era su único y su mejor consuelo. Sin embargo, no era el mejor momento para consolarse: hacía pocos momentos, su hija se había despedido de él.
Decidió que no tenía por qué avergonzarse. Lloró sonora y contundentemente, hasta inundar todo el lugar. Ya habrá tiempo para sentirse mejor.
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La obra se llama "La despedida" del pintor español Alvaro Reja

16 de enero de 2008

Ojos que no ven...

Estaba enceguecido. La imagen fue como un flash que nubló su mente, y de entrada lamentó que no nublara también su vista, porque siempre hubiese preferido no ver. Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente, y cuando pensaba sobre eso su conclusión siempre fue que ese refrán era una gran estupidez. Ahora era él quien se sentía un estúpido, porque había visto lo que su corazón quizás hubiese preferido no ver.
Su cuerpo reaccionó solo. No era hombre de armar escándalos, de perder los estribos, así que salió del cuarto del hotel con la misma rapidez con la que había entrado. Decidió no esperar el ascensor, porque lo mejor era huir lo más rápido posible de aquella escena dantesca y no dar chance a los protagonistas de la habitación 412 de alcanzarlos. Ya tendría oportunidad de hablar con su mujer.
- ¿Y qué carajo le vas a decir, si se puede saber?
Esa era la pregunta que le asaltaba. ¿Sería capaz de perdonar a su esposa? ¿O se enfrentaría al largo y terrible proceso del divorcio? ¿Y sus hijos? ¿Qué va a pasar con ellos?
- ¿Por qué? ¿Por qué me echó esta vaina?
Mientras se hacía todas estas preguntas, bajaba las escaleras de forma inconsciente, sus piernas se movían solas. No sabía adonde ir: se suponía que estaban aprovechando la convención de la empresa para disfrutar de un paseo bien merecido. Y resulta que ella no esperó a que él se fuera a cumplir con las obligaciones del viaje para disfrutar de los placeres de una cama anónima.
- ¿Pero quien es este tipo? ¿De dónde salió? ¿Cuánto tiempo tendrán juntos?
Eran demasiadas cuestiones sin resolver. Pero sabía que no podría tener una conversación decente en este momento. Los gritos, el llanto, no llevarían a ninguna parte. Era mejor así, dejar que el momento pasara para pensar mejor lo que sería el futuro de la relación.
No había terminado de armar esa frase es su cabeza cuando uno de los escalones se movió. O al menos esa fue la impresión que tuvo cuando pisó en falso y rodó escalera abajo. Su cuerpo se movía inconexo. Intentaba agarrarse de los pasamanos pero todo pasaba demasiado rápido. La gravedad era una fuerza incontrolable. Y a medida que caía, sentía como se quebraba algún hueso de las extremidades, o se golpeaba la cabeza. La caída era cada vez más aparatosa -"espero que nadie la esté viendo... ¡hay que ver que hasta en estos trances lo último que se pierde es el sentido de la vergüenza!"-.
Muchos años después -o al menos eso le parecía en su cabeza, porque en realidad todo ocurrió en unos pocos segundos-, todo a su alrededor se detuvo, y su mente se desconectó.

Momentos después, el hotel se llenó de gente: paramédicos, empleados, curiosos. entre ellos, una mujer y un hombre en bata de baño presenciaban la escena: el accidentado era el hombre que había entrado intempestivamente a su habitación. Otra mujer lloraba a su marido que era llevado inconsciente en una camilla a la ambulancia.
- ¿Quién era ese señor?- preguntó la mujer en paños menores.
- Un huesped. Habitación 312- contestó el gerente del hotel.

La imagen es un dibujo de Indira Montoya, o Mariposa Furiosa, llamado "La Caída"

8 de enero de 2008

La cachetada

Estaba harta de él. Harta de su actitud, de su debilidad. Ahí estaba él, con la cara desviada y la mejilla roja, luego de la sonora cachetada que ella no pudo evitar propinarle. La situación había llegado demasiado lejos: ese hombre no era, ni de cerca, lo que ella esperaba de quien debía estar a su lado. Siempre pensó en un hombre bien dispuesto, trabajador, responsable, fuerte. Y esto era el colmo de la sumisión. Pedro no era capaz ni de reclamar ante las situaciones más simples como un vuelto incompleto. Si se veía involucrado en una colisión, Pedro siempre terminaba pagando el choque. Si alguien se metía con él en la calle, Pedro siempre evitaba la confrontación y huía por la derecha. Si su jefe lo obligaba a trabajar horas extras, Pedro nunca exigió una compensación adicional.
Y ahora, le decía que no podrían celebrar su aniversario porque le habían asignado una tarea importantísima para el fin de semana y que él no pudo negarse a cumplir. Era el colmo.
- ¡Imbécil! ¡Incapaz!
Él no levantaba la mirada.
- Cobarde...
No sabía qué hacer para que aquel hombre reaccionara. Quiso irse, pero la violencia de lo que ocurrió después la tomó desprevenida.
Aun sin mirar, la mano de Pedro se levantó violentamente, y con el dorso alcanzó el rostro de su mujer, que cayó al suelo bruscamente. Estaba aturdida. Escuchó la voz de su marido, lenta, pausada, tranquila.
- Que no se te ocurra volver a tocarme. Este fin de semana me voy a trabajar, y espero que eso no te cause ningún problema.

Ella pasó el fin de semana como pasaba cualquier otro fin de semana. Arregló algunas cosas en la casa, salió a hacer compras y hasta se encontró con algunas amigas para tomarse algo, mientras su marido trabajaba duramente.
Él pasó el fin de semana como pasaba cualquier otro fin de semana. Se fue al apartamento de la playa con su secretaria, haciendo el amor y disfrutando de la tranquilidad que otorga una esposa que jura que su marido está en la oficina.