
- Cállate. ¿No te estás dando cuenta del absurdo?
- ¿Absurdo?
- Sí. Absurdo. Mejor cierra la boca, antes de que sigas diciendo disparates.
- Respeta, por favor.
- ¿Qué? ¿Que te respete? No me hagas reir.
Los labios le temblaban levemente. No podía soportar aquella humillación, pero no encontraba como hacer que entendiera su situación.
- Te estoy diciendo la verdad. Tienes que creerme.
- ¿Cómo quieres que te crea? ¿Cómo carajo piensas tú que es posible creer semejante barbaridad?
- Yo sabía que reaccionarías así.
- ¿Entonces para qué te inventas algo así?
- No lo estoy inventando.
- ¿Vas a seguir? Tú lo que necesitas es un psiquiatra.
- No tiene salida esto, por lo que veo...
- Sí, sí la tiene. Ahí está la puerta.
- ¿Así termina esta historia?
- No hay de otra. Tú y tus locuras no tienen más opciones.
- No es una locura, algún día te lo voy a demostrar.
- Como quieras.
Ella vio como él se alejaba por la acera. Él caminaba cabizbajo, triste. Sabía que ella no le creería ni una sola palabra. Ella pensaba en todo el tiempo que ahora parecía perdido. Todo por una tontería, por una idea extraña que de pronto a él se le metió en la cabeza. Llegó diciéndole que un buen día, en su televisor, la señal se interrumpió y apareció una imagen borrosa. Casi no podía identificarla. Y una extraña voz le hablaba en su cabeza, diciéndole que muy pronto volverían a estar juntos, que irían a buscarlo, que estuviera preparado para regresar a su casa. De inmediato supo que pronto se reuniría con ellos. Ahora todo tenía sentido, ahora sabía por qué nunca encajó. Y ella no lo entendió.
Él cruzó la calle y se perdió de su vista. Ella se apartó de la ventana justo en el momento en el que una luz muy brillante aparecía en el cielo y descendía justo hasta el lugar donde él todavía se lamentaba por no haber sido capaz de convencerla. Poco después, la luz se perdió en el firmamento. Ella no supo más de él.
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El dibujo es de una niña de 3 años llamada Adriana, y lo publica Francisco Padrón.

