22 de febrero de 2007

Ese es mi muchacho

Casi me caigo de la silla.
- Tú me estas jodiendo.
- Papá...
- Tienes que estarme jodiendo. No me puedes echar esta vaina.
Sí me la estaba echando. En un instante, mi mente se llenó de imágenes que me mostraban las consecuencias de la maravillosa noticia que me acababa de dar mi único hijo, el primogénito y el mayor de mis tres retoños, el único que tendría la oportunidad de continuar con el apellido, el orgullo de papá, el más inteligente, el más capaz, el más valiente. Ese es mi muchacho... ¿o era?
- ¿Estas seguro?
- Sí.
- ¿Y no hay vuelta de hoja?
- No.
¿Será posible que a mi hijo, al que yo crié como todo un varón, ahora le gusten los hombres?
- ¿Y se puede saber de dónde sacaste tú esta cosa?
- ¿Qué cosa, papá?
- Esta pendejada, esto de que te gustan los hombres. ¿Qué haces con ellos? ¿Te besas? ¿Te acuestas con ellos?
- ¿Y para qué quieres los detalles?
- No sé, para torturarme, o para asegurarme de que de verdad no hay manera de echar para atrás todo esto. ¿Eso quiere decir que ya no eres virgen... de allá atrás?
- ¿Virgen de allá atrás? ¡Papá!
- ¡No, ni me digas! Estoy descubriendo una faceta masoquista en mi que no conocía, preguntando cosas que preferiría no saber. Aunque pensándolo bien, hay una cosa que me gustaría tener clara: ¿Este asunto es porque quieres ser mujer? ¿Te gusta vestirte de mujer?
- No, papá. No me gusta vestirme de mujer, ni quiero ser mujer. Simplemente me gustan los hombres.
- Ah, bueno, no es que sea un consuelo, pero me tranquiliza un poquito saber que no eres una drag loca que sale por las noches a rumbear entaconada a los bares de ambiente...

- ¡Chico, que notición el que te lanzó tu hombresote! Nadie lo habría imaginado.
- Y yo sin saber ni cómo reaccionar. Me agarró completamente fuera de base, descolocado. Alguna vez me pregunté si mi hijo sería gay, pero nunca me puse en esta situación.
- De tal palo, tal astilla, es lo que dicen, ¿no?
- Sí, hombre... ¿será genético?
- Será...

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La obra se llama "Padre e Hijo", del artista Xavier Castellanos.

14 de febrero de 2007

La agenda

- ¿Nos vemos?
- Claro.
- ¿Dónde siempre?
- ¿Dónde más podría ser? No querrás que vaya para tu casa.
- No comiences.
- No me hagas caso, fueron ganas de molestar.
- ¿Y esas ganas de molestar son a cuenta de qué?
- A cuenta de nada, discúlpame. El cansancio, el trabajo, quién sabe. Pero estar contigo me lo quita.
- Yo también estoy cansado. Por eso te llamé.
- Claro.
Se hizo un silencio incómodo. Eso último no sonó bien, ya sabía por donde venía el asunto.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, ya te dije.
- Creo que nos conocemos lo suficiente para que quieras hacerme creer que no te pasa nada.
- Bueno, está bien, sí me pasa algo, pero no te lo quiero decir.
- ¿Por qué?
- Porque sé cuál va a ser la respuesta, y no tengo ganas de hablar del tema. Déjalo así.
- Está bien, lo dejamos así entonces.
Estos silencios lo hacían enfurecer. Ya se le estaban quitando las ganas de verlo. Si no se pusiera como ella cuando quiere pelear...
- Yo creo que mejor dejamos esto para otro día.
- ¿Qué pasó?
- Nada, me acabo de acordar que tengo que llevar a los chamos al cine esta noche. Se los prometí.
- ¿Cómo fue que te acordaste así de pronto?
- No sé, me acordé así nada más.
- ¡Qué conveniente!
- ¿Sabes qué? Te llamo luego.
- No, mejor no me llames. Yo te llamo.
Sintió cómo se cortaba la línea telefónica. Se quedó mirando el teléfono unos instantes. No quería llegar a su casa: su mujer estaba visitando a sus padres, se había llevado a los chicos durante el fin de semana y él estaría solo en casa, pero no le gustaba llevar a sus conquistas allá por aquello de la discreción. Además, uno nunca sabe cuándo uno de ellos se enamora y comienza una persecución tipo “Atracción fatal” que te termina arruinando el matrimonio y la vida. Nadie podía obligarlo a destruir su vida, su familia, su hogar, cuando él así estaba feliz: con un lugar seguro a donde llegar, y con la posibilidad de echarse su escapada de vez en cuando. Tenía demasiado tiempo haciéndolo para venir a cambiar ahora, no estaba dispuesto a arriesgar tanto. Así que quien quisiera estar con él, debía tener claro que siempre sería el segundo, el otro, el que no tiene derecho a nada.
Revisó la agenda del celular. Ni su mujer sabía de esta otra línea, este número de teléfono que compartía con los hombres que conocía a través de las salas de conversación virtuales o uno que otro bar de ambiente que visitaba cuando tenía la oportunidad. Si él no estaba dispuesto, algún otro de seguro lo estaría.
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El cuadro pertenece a la colección de Ludovic Debeurme, se llama "Dr. Jekyll", pero no pude identificar a su autor.

1 de febrero de 2007

Instinto

Salió del trabajo y lo primero que pensó fue en ir a tomarse una cerveza. Total, nadie lo esperaba en casa y era una de esas noches en las que no quería ir a encerrarse a ver televisión o a pegarse de la silla frente a la computadora y chatear como loco a ver si conseguía algo de diversión.
Pensó en irse a aquel local "de ambiente" en el que siempre conseguía lo que él estaba buscando. Nunca entendió lo que significaba eso de "el ambiente", le parecía irónico que lo llamaran así. "¿Será porque es natural?", pensaba. "¿O porque los maricos cuidan más el ambiente que los heteros? ¡Coño, no se podían haber buscado otra forma de decirlo!". Lo que sí era cierto es que le gustaba ir a ese bar a ver hombres relajados, conversando, bebiendo y bailando entre ellos libremente. Y eso era lo que en ese momento le hacía falta.
Recordó las múltiples oportunidades en las que había salido resuelto de allí. En esa barra le brindaron su primera cerveza, se la envió un niño que estaba al otro extremo del lugar y que si lo hubiera visto en la calle juraría que todavía iba al colegio. Pero luego de conversar un rato con él, el niño le juró que tenía 19 años y hasta la identificación le mostró, comprobando su fecha de nacimiento.
En otra oportunidad, sintió que había coronado la noche cuando una pareja de hombres increíblemente masculinos, vestidos con chaquetas de cuero y con mucho vello corporal lo invitaron a terminar aquella velada en su casa. La experiencia fue excitante y diferente a todo lo que alguna vez había sentido, y desde esa vez entendió que él es un hombre al que le gustan los hombres, y no los niños delgados con maneras de mujer que muchas veces inundaban los locales "de ambiente".
Pero algo le decía que esta noche no era la adecuada. Pensó nuevamente en lo que podría conseguir con su mirada pícara, su sonrisa cautivadora y su culo respingón que se había mandado a hacer tres meses atrás y que había sido quizás la mejor inversión de su vida. Sabía que la diversión era segura, aunque una vocecita le decía muy bajo al oído que se fuera para su casa, que no buscara pelea... al menos no esa noche.
Le atribuyó el mal pensamiento al cansancio laboral, y justo por eso mismo pensó que lo mejor sería llegar al bar, tomarse una birra y relajarse, dejar que la noche tomara su rumbo. Así que enfiló su automóvil hacia lo que esperaba que fuera una noche de placer.

Entró al local y recorrió con su mirada cada esquina del lugar, intentando reconocer caras que le facilitaran el trabajo de levante. Y sí, había alguien conocido. Escuchó una voz a su espalda que le saludaba.
- Buenas noches, Pedro. Usted por aquí...
No tuvo que voltear para reconocer de inmediato a su interlocutor. Tuvo que esperar un instante para reaccionar de la forma más adecuada. Se volteó lentamente, alzó la mirada y extendió su mano.
- Jefe, cómo está... tanto tiempo sin verlo.
Juró que nunca más dejaría de escuchar a su instinto.

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La obra es una reproducción del artista Anoro Manel, llamado "Bar Verde"

30 de enero de 2007

Ya no es más

Escuchaba atento las noticias. Nadie podía distraer su atención de lo que el aparato estaba narrando en aquel momento que todo parecía estar envuelto en incertidumbre. A su alrededor no se escuchaba otra cosa: esa era una de las ventajas de vivir alejado del mundanal ruido de la ciudad, aunque no tan lejos como para estar desconectado de ella. Tenía que manejar unos 45 minutos todos los días para llegar a su oficina, con la suerte de que su horario era bastante flexible y no estaba amarrado a su escritorio. Su trabajo era la calle, visitar clientes, reunirse con proveedores, calarse el tráfico infernal de la ciudad y hablar, hablar, hablar.
Ahora no podía decir una palabra ante lo que se desarrollaba frente a sus ojos. Las imágenes de la televisión eran elocuentes. Una multitud impresionante de gente se agolpaba en una de las avenidas más amplias de la ciudad, frente a una tarima desde donde el líder los hacía gritar consignas y cantos de victoria. Y mientras más veía, mientras más escuchaba, más se sentía paralizado. El país en el que nació, creció y en el que pensó que moriría, aquel que alguna vez quiso que su hijo disfrutara tanto como él lo hizo, ya no es más.

Poco después, o al menos en un tiempo que le pareció mucho más corto del que en realidad había transcurrido, se encontraba en la fila de inmigración del aeropuerto de Miami. Un hombre que parecía dos veces más grande que él, perfectamente uniformado, revisaba su pasaporte.
- ¿Motivo de su viaje?
- Negocios.
- ¿Cuanto tiempo piensa estar en el país?
- Dos semanas.
Mentía.
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El cuadro forma parte de un tríptico llamado "El Adiós", del artista Juan M. Valcarcel Obelleiro

25 de enero de 2007

Escondite

- Esto que me está pasando no tiene nombre...
- ¿Que no? Yo le puedo nombrar de muchas maneras.
- Sabes a lo que me refiero.
- ¡Déjate de pendejadas!
- No son pendejadas. Para mi no es una pendejada andar por la vida escondiéndome.
- Te escondes porque quieres.
- ¿Porque quiero?
- No, tienes razón, te escondes porque no quieres... Esta vaina parece una enfermedad.
- "Es" una enfermedad.
- No chico, no me refería a eso. Además, estoy seguro de que muchos que te oigan te darían dos lepes por andar hablando guevonadas.
- ¿Y entonces?
- Razón tienen muchas mujeres que dicen que ya no hay hombres.
- Ahora sí me jodiste.
- No, hermano, yo no he jodido a nadie. Ellos se joden solitos. Ya no hay hombres, eso es un hecho.
- Me vas a decir que todos son maricos ahora...
- No, la hombría no tiene nada que ver con el hecho de con quien te acuestes, sino con la manera en que lo enfrentas. Hace rato que a los hombres nos "caparon", ya no tenemos cojones. Vivimos escondidos como ratas, como quien está cometiendo el peor de los pecados...
- Hay quien dice que es pecado.
- ¡Pues allá ellos! La gran pregunta es si vas a dejar que el resto del mundo te diga como es que tienes que vivir, si vas a permitir que tu felicidad dependa de que unos cuantos miren con buenos o malos ojos con quien te acuestas.
Escucharon unos pasos que se acercaban. Luego, la puerta.
- ¡Por favor, desalojen que ya se les agotó el tiempo!
Decidieron darse una ducha antes de salir, pero el agua caliente y la visión del cuerpo desnudo del compañero hicieron que las ganas pudieran más que los tipos del motel de mala muerte que reclamaban por la habitación, así que tuvieron una nueva sesión de sexo rápido pero estruendoso. Salieron de la ducha, se vistieron rapidamente, y pagaron el adicional que les cobró el hotel por el tiempo extra.
- Esto es lo que cuesta un polvo.
Se besaron rapidamente en el estacionamiento del hotel. La realidad los recibió nuevamente, como si nada hubiera pasado.
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La obra se llama "El impertinente", y es de la artista Soledad Pulgar.